Nos estamos acostumbrando a la crueldad
Por UnTalManolo

Hay algo que hace rato me viene dando vueltas en la cabeza y que, mientras más lo miro, menos tranquilo me deja. Nos estamos acostumbrando a la crueldad y estamos viendo crecer a cabros que se están haciendo daño entre ellos y parece que como sociedad estamos aprendiendo a convivir con eso.
No hablo de la pelea a combos, de agarrarse a la salida del colegio o de esas disputas que han existido siempre. Hablo de otra cosa. Hablo de la intención deliberada de hacer daño. De humillar a alguien hasta quebrarlo. De perseguirlo. De exponerlo. De convertir una debilidad en un arma. De disfrutar, incluso, cuando el otro sufre.
Hay una palabra que quizás incomoda, pero que me parece necesaria: maldad.
No como una categoría religiosa ni como una explicación simplista para todo. Hablo de la decisión consciente de provocar daño. Y cuando uno trabaja con niños y adolescentes empieza a encontrarse con situaciones que ya no se pueden explicar solamente como “cosas de cabros”. Hay niños que llegan con heridas en los brazos. Adolescentes que consumen drogas para dejar de sentir o para escapar de una vida que no saben cómo enfrentar. Jóvenes completamente desconectados de cualquier proyecto colectivo. Cabros que tienen una rabia enorme, pero ningún lugar donde ponerla.
Y nosotros seguimos parchando.
Una charla sobre convivencia. Una reunión. Una anotación. Una suspensión. Una derivación. Un protocolo. Un formulario. Una actividad para el Día de la Convivencia Escolar. Y después todos de vuelta a la sala, como si el problema hubiera quedado resuelto porque alguien llenó correctamente una planilla.
No está resuelto.
Hay algo mucho más profundo ocurriendo y me cuesta creer que no queramos verlo.
Estamos criando generaciones dentro de una cultura donde el individualismo se vende como libertad.
Donde preocuparse por el otro parece una pérdida de tiempo. Donde tener más vale más que compartir. Donde la competencia empieza cada vez más temprano y donde mostrar vulnerabilidad puede convertirte inmediatamente en blanco de otros.
Por eso uso la palabra neofascismo. No como una etiqueta histórica exacta ni para meter a todo el mundo dentro del mismo saco. La uso porque necesito una palabra que permita hablar de una cultura donde la crueldad, la obediencia al más fuerte, el desprecio por el débil y la eliminación simbólica del otro comienzan a normalizarse.
Pero incluso esa palabra me queda chica.
Porque esto ya no necesita uniformes, marchas ni discursos grandilocuentes. Puede entrar por TikTok, por un grupo de WhatsApp, por un video, por una conversación familiar, por un influencer, por una comunidad digital. Puede aparecer disfrazado de humor, de libertad, de “nadie me dice qué hacer”. Puede instalarse lentamente hasta que hacer mierda al otro se vuelva una forma aceptable de relacionarse.
Y acá los adultos tenemos una responsabilidad enorme.
Porque los niños no se crían solos.
Sí, comen. Tienen techo. Van al colegio. Les compramos ropa, teléfonos, zapatillas, computadores y todas esas cosas que confundimos con cuidado. Pero criar no es mantener una planta con agua, comida y luz. Criar es estar. Es escuchar. Es poner límites. Es conversar. Es acompañar cuando las cosas se ponen feas. Es enseñar que el otro existe y que nuestras acciones tienen consecuencias.
Y cuando eso falla, la escuela termina recibiendo la cuenta.
Los profesores tenemos que asumir un rol que nadie puede seguir ignorando. No porque debamos convertirnos en psicólogos, asistentes sociales, terapeutas, policías y padres sustitutos, sino porque estamos frente a los cabros todos los días. Vemos cosas que otros adultos no ven. Escuchamos conversaciones. Detectamos cambios. Sabemos cuándo alguien dejó de ser el mismo.
El problema es que muchas veces tampoco tenemos tiempo.
Tenemos que cumplir objetivos, pasar contenidos, registrar evidencias, evaluar, llenar plataformas, responder correos, hacer informes y participar en reuniones. Y en medio de todo eso aparece un cabro que necesita que alguien lo mire a los ojos y le pregunte qué mierda le está pasando.
Eso también es educación.
Y acá quiero meter al rock en esta conversación porque Grítalo nació precisamente desde ahí.
El rock alguna vez fue una herramienta para decir que algo estaba mal. Para juntarse. Para incomodar. Para organizarse. Para construir identidad. Para encontrar a otros que también se sentían fuera de lugar.
Hoy seguimos teniendo canciones, amplificadores, tocatas, festivales y bandas enormes. Pero me pregunto cuánto de esa rebeldía sigue existiendo realmente cuando apagamos los amplificadores y volvemos a nuestras casas.
Y quizás ahí la escena musical tiene una tarea que va mucho más allá de organizar tocatas.
Tenemos espacios. Tenemos salas. Tenemos bandas. Tenemos artistas. Tenemos medios. Tenemos radios. Tenemos cabros buscando dónde pertenecer. Entonces hagamos algo con eso.
bramos espacios para menores. Recuperemos plazas. Hagamos talleres. Armemos encuentros. Enseñemos instrumentos. Pintemos muros. Grabemos canciones. Organicemos festivales donde también puedan estar quienes todavía no tienen edad para entrar a un bar. Hagamos que la cultura vuelva a ser un lugar donde encontrarse con otros y no solamente otro producto para consumir.
Porque los bares no pueden ser el único lugar donde ocurre la música.
Y tampoco podemos seguir aceptando que un adolescente necesite entrar a un circuito nocturno para sentirse parte de una escena.
Tenemos que recuperar la calle, las escuelas, las plazas, los centros culturales, los espacios comunitarios. Tenemos que volver a generar lugares donde estar juntos sin que el consumo sea la condición de entrada.
Quizás el problema es que estamos dejando demasiado espacio vacío.
Y alguien siempre termina ocupándolo.
Si nosotros no construimos comunidad, otros van a construirla por nosotros. Si no entregamos herramientas para pensar, otros van a pensar por los cabros. Si no ofrecemos pertenencia, alguien se las va a ofrecer. Y no necesariamente será una comunidad basada en el cuidado.
Por eso esta reflexión no apunta solamente a los niños.
Si nosotros no construimos comunidad, otros van a construirla por nosotros. Si no entregamos herramientas para pensar, otros van a pensar por los cabros. Si no ofrecemos pertenencia, alguien se las va a ofrecer. Y no necesariamente será una comunidad basada en el cuidado.
Por eso esta reflexión no apunta solamente a los niños.
Apunta a nosotros.
A los padres. A las madres. A los profesores. A los músicos. A los gestores. A quienes administran escuelas. A quienes organizan tocatas. A quienes tenemos alguna posibilidad de abrir un espacio.
Porque mientras discutimos quién tiene la culpa, hay cabros que están creciendo convencidos de que están solos.
Y un niño que aprende que está solo puede terminar creyendo que los demás son el enemigo.
Eso sí debería asustarnos.
No porque nuestros jóvenes estén perdidos.
Porque todavía estamos a tiempo de dejar de abandonarlos.
UnTalManolo
Co-editor y escritor de Grítalo Magazine






Que valiosa reflexión querido Manolo