TONY MONTANA - TERRITORIO, NOSTALGIA Y REPUDIO
- Grítalo

- hace 2 días
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Por. Ariel The Dungeon Master

En las ciudades donde la rabia no se autoriza, donde el mayor porcentaje de votaciones electorales son hacia sistemas fascistas, la música se apaga pero hay bandas que logran generar instancias de resistencia. Tony Montana nace así, como una declaración frontal. No como homenaje estético, sino como actitud. Decir lo que incomoda, sin pedir permiso, sin suavizar bordes. Si molesta, mejor. Ese fue el gesto inicial del proyecto, propuesto por uno de sus guitarristas fundadores, y desde ahí la banda nunca se movió un centímetro de esa lógica. Palabras directo al cráneo, ¿no te gusta? tiro directo al cráneo, igual que el film.
El territorio atraviesa sus letras, su sonido y su forma de existir. Tony Montana canta lo que pasa en la ciudad cuando baja el ruido de fondo: calle, conflicto, fútbol, amistad, rabia cotidiana y desconfianza absoluta hacia cualquier estructura de poder. No hay metáforas complejas ni disfraces conceptuales; hay contingencia directa, dicha con fuerza y sin maquillaje.
Musicalmente, la banda inició con su primer ensayo el 2006 en Santa Elena de Maipo donde todos eran vecinos, con 20 años en la escena, se mueve en un hardcore pesado, contaminado de crossover, punk, stoner y momentos más lentos y densos, como si el riff necesitara respirar antes de volver a golpear. El hardcore es el eje, pero no como género cerrado: es una herramienta. Escuchan de todo, exploran sin culpa, y esa mezcla se siente orgánica, no calculada. Va directo a la garganta, con peso y calle.
Uno de los aspectos más significativos del proyecto es su vínculo con la escena local. Tony Montana no se entiende sin colaboración. Tocatas autogestionadas, cruces con bandas amigas, lazos que van desde el punk hasta el rap, gente del barrio antes que etiquetas musicales. Hace años, el movimiento que levantaron en Santa Rosa fue clave: eventos organizados por y para la escena, generando comunidad. Ahí se forjó gran parte de su identidad.
Esa misma lógica se trasladó a su primera grabación: hecha en la casa del baterista, cruda, directa, sin intermediarios. Sonido honesto, casi documental. Esa decisión no fue precariedad: fue coherencia.
La música de Tony Montana no necesita pulido excesivo; crudeza da mas alma.
En 2012 lanzan “La mayoría no me importa”, un material de 13 canciones que marca el inicio formal de la banda y fija sus coordenadas definitivas. Letras de día a día, repudio al Estado, mirada crítica sin pose ideológica académica. Hardcore como lenguaje común, pero sin adscripción a dogmas de escena. Para ellos, la escena es amistad. La formación actual está conformada por Enrique en batería, Francisco en guitarra, Pablo en el bajo y Jaime-José en la voz.
El vínculo con el fútbol y la identidad local refuerza aún más esa raíz territorial. Albiverde, canción dedicada a Deportes Temuco, reutilizando fragmentos del himno del club, no fue solo un gesto musical: fue un acto de pertenencia. Generó interés, ruido, identificación real. La banda hablándole a su gente, no a un público abstracto.
Entre sus integrantes me tocó la oportunidad de conocer a Jota y Xanxorro, piezas clave en el carácter y empuje del proyecto. Tony Montana no se presenta como una banda que busca validación externa. No pretende representar a nadie más que a su propio entorno.
Y quizás por eso conecta: porque no intenta agradar, solo existir con honestidad brutal.
En términos de esta crónica, Tony Montana no es un artefacto mágico ni un relicario antiguo.
Es un arma improvisada, hecha con lo que había a mano, empuñada por quienes conocen el terreno. En un dungeon urbano donde las reglas cambian cada día, esta banda no busca salir ilesa: avanza golpeando paredes, dejando marcas, y recordando que la música también puede ser territorio en disputa.
Y en Temuco, eso siempre importa.



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