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RESEÑA FINAL DEL AÑO APOCALÍPTICO — POSTERROR

Por Ariel The Dungeon Master.


Hablemos de ruido | Posterror

En los márgenes más corroídos de La Araucanía, donde la realidad que se fragmenta entre las calles húmedas de Temuco parecen guardar secretos apocalípticos y este es Postterror, un trío que desgarra la música. Ike Contreras, Jorge Kayser y René López levantan desde 2014 una muralla sonora que se siente más como una grieta en la estabilidad del mundo moderno, atrapado en el sistema que los esclaviza. Antes de este proyecto, los caminos ya estaban marcados: Mental Disorder, la antigua banda de René y Jorge, actuó como una forja preliminar, un laboratorio violento donde el deathgrind tomó forma antes de mutar en algo más directo, más áspero, más crítico… más inevitable.


Después de Mental Disorder, Posterror nació como una sentencia. Letras en español, temáticas sociales, un imaginario distópico que no exagera la realidad sino que la describe con brutal honestidad. 


Su EP “PANOPTICAOSˮ, lanzado en CD, cassette y plataformas digitales, es un mapa de ruinas humanas: vigilancia, control, miseria, introspección y un filo crítico que no se dirige solo hacia afuera, sino hacia los propios cimientos interiores. Después del silencio de 2018, la banda retornó en 2023 con un pulso más severo, más consciente, más curtido. Hoy trabajan en su primer LP, proyectado para el primer semestre de 2026. Si Panopticaos fue un aviso… lo que viene parece un colapso anunciado. Han compartido escenario con entidades que moldearon el imaginario extremo del continente: Extreme Noise Terror (UK), Rot (Brasil), Dios Hastío (Perú), y leyendas oscuras de la escena chilena como Pentagram o Atomic Aggressor. No como imitadores: como pares que habitan el mismo páramo pantanoso.


La senda del grindcore. Una historia de subsuelo y cicatrices.

 El grindcore en Chile nunca perteneció a los escenarios iluminados. Creció en bodegas, en mediaguas, en galpones donde la humedad trepaba por las paredes y la electricidad era más un pacto que una garantía. 

Su origen puede rastrearse a finales de los 80, cuando Vomit Anarchy (1989) irrumpió como una criatura temprana y tosca, casi un accidente radiactivo del punk y el metal extremo en la novena región. Luego, en los primeros y mediados de los 90, aparecieron formas más definidas, bandas como Cranial —una fuerza primitiva que rasgó los límites del ruido estructurado— o Belial, más cercanos al death metal pero con un filo grind que dejaba marcas profundas. Aquella generación fue breve, incendiaria, subterránea en un Chile que aún no sabía cómo contener esa violencia sonora. A comienzos y mediados de los 2000, el género mutó otra vez. Grupos como Anarkitran, Antitrust y Dr. Zaius reconfiguraron el pulso del grindcore chileno, dándole identidad, desenfreno y un sentido político visceral. Ninguna de ellas fue una influencia directa para Posterror —como ellos mismos aclaran —, pero sí representan una constelación que antecede su aparición, un linaje de ruido y resistencia que dejó un eco en la historia. Mientras otros estilos se domesticaban, el grindcore siguió moviéndose como una criatura fugitiva: shows organizados a energía, afiches fotocopiados, amplificadores parchados con cinta aisladora, escenas que nacían y morían sin dejar más registro que los tímpanos rotos de quienes estuvieron ahí. Su legado es eso: memoria vivida, nunca masiva.


Posterror, una fisura en el mundo moderno.

En este panorama, Posterror se planta como un recordatorio de que el grindcore no está muerto, solo mutó.

 Su sonido no imita épocas anteriores: las desentierra. Cada riff es una excavación en un país desgastado; cada grito es una alarma que nadie quiere escuchar pero todos reconocen. Su imaginario distópico no funciona como ficción: funciona como diagnóstico. Lo que describen —control, deshumanización, violencia sistémica, hastío— no es futuro. Es presente. Por eso su música no busca consolar: busca exponer.


Epílogo del cronista.

Con esta reseña cierro el último ciclo del año. Para mí, Ariel The Dungeon Master—, escribir sobre las bandas que habitan la niebla cultural de La Araucanía ha sido un viaje necesario. Aquí, donde lo extremo siempre florece en silencio, documentar estas voces es un acto de resistencia y cariño por la escena.

Como escritor de este fanzine, productor de eventos y músico, mi propósito es siempre el mismo: apoyar, empujar y dar visibilidad a la cultura local. Agradezco a José por la oportunidad y la confianza en Grítalo. Y no podría terminar el año con una banda más adecuada que esta: Posterror, un ritual extremo, honesto y devastador… una grieta necesaria en el ruido del sistema

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